El autorretrato de una pintora gaditana nacida en 1794 abrió el recorrido con el que David Saborido llenó este miércoles la sede de la Fundación Cajasol en Cádiz. La elección no fue casual, ya que Victoria Martín de Campo, discípula del pintor Manuel Montano y autora de una Adoración de los pastores, un Psiquis y Cupido y del propio autorretrato que hoy conserva el Museo de Cádiz, ejemplifica bien lo que el conferenciante quería demostrar durante la hora larga que dedicó a ‘Visualizar y sentir el arte’, primera cita del ciclo ‘Cádiz, Emporio del Orbe’ paralelo a la exposición ‘Patrimonio Religioso en el Emporio del Orbe’.
La demostración consistía, en el fondo, en que la Historia del Arte se puede narrar desde Cádiz sin necesidad de recurrir a episodios ajenos, porque en la ciudad se acumulan piezas y biografías que sostienen por sí solas un relato de largo alcance. Del autorretrato, ejecutado en 1840, Saborido saltó al Oratorio de la Santa Cueva, levantado entre 1781 y 1796, para desmenuzar los tres lunetos que Francisco de Goya dejó en el templo gaditano: ‘La Santa Cena’, ‘La multiplicación de los panes’ y ‘La parábola de los convidados a la boda’. Del segundo se lamentó de que el boceto preparatorio permanezca perdido, mientras que en el primero se detuvo en la cabeza de Judas, oscurecida deliberadamente por el pintor para que el foco visual saltara al Cristo del fondo y al pequeño bodegón de pan y vino sobre la mesa. Aprovechó la parada en la Santa Cueva para recordar que fue en ese mismo oratorio donde Joseph Haydn, maestro de Beethoven, estrenó ‘Las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz’ por encargo directo de la hermandad gaditana en el último tercio del siglo XVIII, prueba de que el peso artístico de la ciudad en aquellos años no se limitaba a la pintura.
El regreso a la Cádiz decimonónica vino de la mano de Eugène Delacroix. El 9 de mayo de 1832, un miércoles, la corbeta francesa La Perla, procedente de Tánger, entró en la bahía y recibió la orden de las autoridades sanitarias de guardar cuarentena por una epidemia. Gracias a esa retención forzosa, el maestro del romanticismo francés dispuso de tiempo para levantar una acuarela del compás de San Francisco que Saborido reivindicó como pieza inseparable del relato gaditano. Junto a Delacroix, y para dar cabida a nombres que habitualmente se quedan fuera del canon, el conferenciante rescató, según su propia investigación, a las hermanas Alejandrina y Ana Gertrudis de Urrutia, pintoras gaditanas del ochocientos activas en los salones parisinos, donde exponían y se ganaban la vida en un circuito artístico que rara vez ha reconocido esa presencia femenina.
El broche llegó con los meses que Goya pasó entre Cádiz y Sanlúcar de Barrameda. La historiografía documenta dos estancias, una primera a finales de 1792 y primavera de 1793, marcada por la enfermedad que le dejó sordo, y una segunda ya en Sanlúcar en compañía de la duquesa de Alba, viuda desde 1795. De aquellos meses proceden los llamados cuadernos de Sanlúcar, un puñado de bocetos rápidos en los que la duquesa aparece dibujada en toda clase de actitudes cotidianas, y una anotación del propio pintor en la que confiesa que el día que ella le pidió que la maquillara para acudir a una fiesta de carnaval fue el más placentero de su vida, por encima incluso de pintar cuadros. Con esa confidencia despidió Saborido la sesión, que se integra en el programa ‘Cádiz, Emporio del Orbe’ promovido por el Ayuntamiento de Cádiz, y en el que la Fundación Cajasol colabora junto a Diario de Cádiz y el Obispado de Cádiz y Ceuta.

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