Medio siglo de salud mental en Córdoba, del encierro a la comunidad

De un hospital psiquiátrico de 23.000 metros cuadrados en Alcolea a cinco unidades comunitarias repartidas por la provincia. Ese es, en cifras, el recorrido que la Fundación Cajasol acogió en Córdoba durante la segunda sesión de Cómo hemos cambiado. 50 años de ciencia, salud y vida, el ciclo que organiza junto al Hospital Universitario Reina Sofía y el IMIBIC con motivo del 50 aniversario del complejo sanitario. En palabras, el recorrido resultó bastante menos complaciente de lo que la aritmética sugiere.

María Luisa Rivera Hidalgo, enfermera coordinadora de Cuidados de Salud Mental, abrió la tarde reconstruyendo la memoria local de la especialidad. Antes de Alcolea existió el psiquiátrico de la calle Muro de la Misericordia, abierto en 1929 y cerrado cuarenta años después, del que hoy sólo queda el muro que le da nombre. De aquel modelo asilar, caracterizado por el aislamiento y la escasa rehabilitación, se salió a partir de 1984, cuando el Parlamento de Andalucía aprobó una ley específica para la reforma psiquiátrica y las competencias pasaron de la Diputación al Servicio Andaluz de Salud. Rivera Hidalgo desgranó después el mapa resultante, con las unidades de salud mental comunitaria de Córdoba Centro, Córdoba Sur, Montoro, Montilla y Palma del Río como puerta de entrada al sistema.

Le tomó el relevo José Fernando Venceslá Martínez, psicólogo clínico coordinador de la Unidad de Salud Mental Comunitaria, con una tesis que ordenó toda su intervención: el cambio decisivo de estas cinco décadas no ha sido tecnológico, sino relacional. Puesto que una persona no equivale a su diagnóstico, la meta terapéutica dejó de consistir en suprimir síntomas para pasar a sostener un proyecto vital. Recurrió además a una imagen que evita las fronteras tajantes, la del clima, ya que todos atravesamos periodos de bienestar y periodos de tormenta sin que exista una línea que separe a los sanos de los enfermos. Entre los componentes que la evidencia respalda en los tratamientos psicológicos situó en primer lugar la relación terapéutica: “Las personas a veces enfermamos en las relaciones personales, pero también nos curamos en las relaciones personales”, resumió.

El giro crítico llegó con Ana Benito Duarte, psiquiatra coordinadora de la Comunidad Terapéutica de Salud Mental, que advirtió de entrada que no pensaba limitarse a los hitos. Su diagnóstico sobre el presente fue incómodo y deliberadamente poco celebratorio: el concepto de salud mental se ha ensanchado tanto que ha dejado de designar nada preciso, cualquier malestar vital ha pasado a reclamar tratamiento y, donde hay tratamiento, entra una industria. A ello sumó una psicopatologización de la experiencia ordinaria que, sostuvo, nos está llevando a buscar en la psicología clínica respuestas que pertenecen a la filosofía, a la espiritualidad o sencillamente al sentido de comunidad.

De ese ensanchamiento, argumentó, salen perdiendo precisamente quienes más atención necesitan. Los pacientes con trastorno mental grave siguen, en su descripción, a la cola del sistema mientras las consultas se llenan de problemas existenciales. Y el estigma no ha desaparecido, sino que ha mutado hacia una forma más sutil de exclusión: “Podemos tolerar que vayan al mismo bar que nosotros, pero no deben hablar de sus cosas”, señaló para ilustrar una integración que, a su juicio, sólo se concede a cambio de invisibilidad.

El debate Salud mental sin mitos bajó la discusión al terreno de los recursos. Fernando Castro, gerente de FAISEM, explicó el entramado de casas hogar, viviendas supervisadas, atención domiciliaria, centros de día y programas de empleo que la fundación pública andaluza gestiona desde 1993 como complemento social de la red sanitaria, y aportó el dato más llamativo de la tarde: un estudio desarrollado con la Universidad de Almería, que siguió durante dos años a personas con problemas de salud mental practicando deporte tres días por semana, registró un ahorro de hasta 128 euros por paciente en medicación, además de la cadena de hábitos que arrastra consigo salir de casa para entrenar.

Carmen Quevedo Barbancho, trabajadora social de la Unidad de Salud Mental Comunitaria de Montoro, reivindicó el análisis social como herramienta clínica y no como complemento, e ilustró su alcance con el caso de una paciente con esquizofrenia que, tras una intervención coordinada entre varios dispositivos, vive hoy de forma autónoma y trabaja. Eva Mª Sánchez Cañete, médica de familia y directora de la UGC Guadalquivir, cerró reivindicando lo que ya resuelve la atención primaria, donde conocer a la familia, el barrio y el ciclo vital del paciente permite anticiparse y, en la mayoría de los casos, abordar el malestar emocional sin recurrir de entrada al fármaco.

El ciclo concluye el 5 de noviembre, a las 19.00 h, con una sesión dedicada al cáncer de mama en la sede de la Fundación Cajasol en Córdoba (Ronda de los Tejares, 32), con entrada libre hasta completar aforo.

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