Casi cinco años de relación y dos y medio de terapia de pareja. Con ese dato encima de la mesa arrancaron Chares y Teresa Pérez su paso por el escenario del Teatro Cajasol Sevilla, donde el lunes admitieron que dejaron de acudir a consulta porque el presupuesto no daba para más. La confesión, formulada entre risas, marcó el tono de una tarde que había prometido verdades incómodas y las sirvió sin edulcorar.
La Fundación Cajasol programó el encuentro dentro de Cajasol salud, su ciclo de divulgación sanitaria, bajo el título Una pareja de tres. Las verdades incómodas de una relación de pareja. Como el formato descansa en el contraste entre la experiencia y el criterio clínico, junto a los dos creadores de contenido se sentó Ares Zamora, psicóloga general sanitaria con máster en psicoterapia familiar y de pareja, llegada desde Barcelona. Coordinó y condujo la sesión Toni Pérez, fisioterapeuta y responsable de Fisioteduca, quien recordó al público que la recaudación de las entradas se destina a la asociación Debra Piel de Mariposa.
El primer bloque desembocó en un terreno que nadie pisa con gusto: la relación con quien vino antes. Ares deslindó dos conductas que suelen confundirse, porque desear lo mejor a una expareja y conservar un hilo abierto con ella responden a impulsos distintos. Advirtió de que hay quien se refugia en la etiqueta de la amistad para no atravesar el duelo, y de que en ese caso la puerta entornada impide construir nada nuevo.
De ahí saltaron a una pregunta que el moderador lanzó al patio de butacas casi como una provocación: si cabe estar enamorado de dos personas a la vez. La psicóloga separó el deseo pasajero del síntoma, puesto que fijarse en alguien no equivale a echar en falta algo. Para explicarlo montó una escena con los propios invitados, en la que Teresa se arreglaba para una cena que Chares apenas registraba, y remató con la cuestión de fondo: si la atención de un tercero gusta por el tercero o por la atención.
Los cuatro estilos de apego ocuparon el siguiente tramo. Ares describió el seguro, el ansioso ambivalente, el evitativo y el desorganizado, insistió en que casi nadie encaja en uno solo y señaló la combinación ansioso-evitativo como la más frecuente y la más desgastante. Añadió un matiz que descolocó a parte de los asistentes, ya que el silencio de alguien evitativo no significa desinterés, sino distancia protectora.
El debate sobre revisar el móvil de la pareja encendió la conversación y dividió opiniones. La psicóloga rechazó la inspección clandestina, aunque admitió que preguntar de frente y mirar juntos la pantalla puede resultar sano cuando existe un motivo concreto, y ofreció un criterio sencillo para los likes: si algo no se haría delante de la pareja, algo esconde. Un espectador replicó desde la butaca que equiparar un corazón en Instagram con una infidelidad le parecía excesivo.
Después llegó el momento que nadie tenía previsto. Toni pidió a quienes tuvieran pareja que levantaran la mano y fue contando meses, luego años, y las manos fueron bajando hasta que quedaron unas pocas en veinte, en treinta y, finalmente, una sola en cuarenta. Preguntada por el secreto, la protagonista de esos cuarenta años respondió que la perfección no existe y que ni un sólo día lo fue, lo que devolvió la charla a un terreno bastante menos idealizado.
Para explicar por qué se apaga el deseo, Ares recurrió a una imagen marina: quien se muda frente al mar que siempre soñó termina por no mirarlo, no porque haya dejado de ser hermoso, sino porque la costumbre desactiva el asombro. Sumó el cortisol, la rutina y la dejadez, y propuso antídotos concretos. Mirarse a los ojos cinco minutos. Jugar, porque el juego no es cosa de niños. Reservar espacio para el encuentro sexual igual que se reserva para el gimnasio, aunque suene a agenda compartida. Chares y Teresa suscribieron la receta y añadieron la suya, que consiste en respetar los espacios propios y acumular juegos de mesa para dos.
Los lenguajes del amor cerraron el bloque temático con una escena doméstica que la pareja identificó en terapia: él entrega abrazos, ella espera palabras. Durante meses cada uno dio lo que sabía dar sin que llegara al otro. A partir de ese hallazgo, explicaron, aprendieron a traducirse. Ares completó la idea con un ejercicio que emplea en consulta, el de dirigir el foco durante unos días a los gestos que pasan inadvertidos, desde un zumo sacado de la nevera a tiempo hasta un mensaje a media mañana.
La última parte pertenecía al público. Una libreta había circulado por las butacas durante toda la tarde recogiendo preguntas anónimas, y Toni leyó varias en voz alta. Una destacó sobre el resto: la de quien se enamoró de su mejor amiga, vio cómo ella se enamoraba de su mejor amigo y acabó ejerciendo de terapeuta de ambos. Ares le puso nombre técnico, rol salvador, y todos coincidieron en recomendarle la salida. Otro asistente aportó la metáfora de los puercoespines de Schopenhauer, que se agrupan para no morir de frío y guardan la distancia justa para no herirse, y la reflexión quedó flotando sobre el resto de la conversación.
Antes de despedirse, cada invitado definió la felicidad. Sentirse suficiente, dijo uno, porque la carrera hacia lo siguiente impide disfrutar lo conseguido. Encontrarse, dijo otra, saber qué quiere uno y no lo que le dijeron que debía querer. Vivir alineado con los propios valores y con libertad, añadió la psicóloga. Toni la cifró en las arrugas de quien se ríe mucho. Antes, los asistentes se habían puesto en pie para abrazar al vecino de butaca.
Cajasol salud continúa en el Teatro Cajasol Sevilla con tres sesiones más hasta diciembre. La siguiente se celebrará el sábado 31 de octubre por la mañana.

Sé el primero en comentar